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La persona, un lugar común para hombres y mujeres

La celebración del día 8 de marzo me trae la fuerza de las palabras y las ideas de María Zambrano, nuestra ilustre pensadora, que entendía que el problema del género podía superarse accediendo a un nivel más alto, el de la persona, refiriéndose a la persona como lugar común para hombres y mujeres (Zambrano, 1937).

Sin duda, estoy convencida de que esta es la perspectiva adecuada, y la solución, no sólo de los problemas de género, sino de los grandes problemas de nuestra sociedad. El problema del género es un síntoma más de una sociedad “enferma”. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) identifican 17 síntomas que nos dicen que nuestra sociedad está enferma y a la que estamos tratando de curar. Muchos de estos problemas están interrelacionados y son interdependientes, pero, todos tienen una raíz común: hemos invertido el orden y hemos dado prioridad a los valores de mercado frente a los valores humanos, tratando a las personas como meros recursos para distintos fines. 

Ahora están de moda los manifiestos, el pasado verano la Business Roundtable nos sorprendía con su “Manifiesto sobre el propósito de la Corporación” y, recientemente también, podíamos leer las esperanzadoras declaraciones del “Manifiesto de Davos 2020”. Estos Manifiestos también van en esta línea, parecen ser declaraciones correctivas de un enfoque que ha priorizado el beneficio y la producción por encima de las personas. No sé si lo que viene a continuación es un Manifiesto y debería empezar al estilo americano con algo así como We the people o, We have a dream… pero, sin duda, es el deseo de la sociedad que queremos llegar a ser.

Si fuera un manifiesto sería más bien “Kantiano” porque es el sueño de una sociedad en la que cada persona valga porque es “persona”, más allá de si es hombre o mujer, de su color de piel, de sus diferentes capacidades y orientaciones. Una sociedad que priorice el ser frente al tener, como señalaba Fromm (1976) y, el valor frente al precio (Machado, 1930), que vuelva a reconocer los valores humanos como prioritarios frente a los valores mercantiles.

Esta sociedad a la que aspiramos y, que ya estamos construyendo con nuestra Agenda 2030, es aquella en la que la igualdad de oportunidades sea sólo la base para poder hablar de justicia, un concepto que va mucho más allá de la igualad, que resulta, a veces, incluso, injusta. Me viene a la cabeza la extraordinaria metáfora de Yunus (2008) sobre las “personas bonsái”. Yunus se refiere a aquellas personas a las que nuestra sociedad no deja florecer y que, al igual que el bonsái, no importa si se trata del árbol más grande y bello del bosque, no tendrá la oportunidad de desarrollarse y ofrecer todo su esplendor porque está limitado por la pequeña extensión de su maceta. Yunus aplica esta metáfora fundamentalmente a los pobres, a los que nuestra sociedad, a modo de maceta, no brinda esa oportunidad básica de desarrollo y dignidad. Tal y como nos recuerda el primero de los ODS, son muchos los pobres en nuestra sociedad global, y también, son muchas las mujeres que, sólo por el hecho de serlo, nacen destinadas a ser personas bonsái, “mujeres bonsái”, sin posibilidad de educación, de desarrollo ni dignidad.

Y es que nuestra sociedad nos ve como “sujetos categorizados” y, nosotros mismos nos miramos de esta manera. Bauman (1973) afirmaba que la sustancia de la ética se alimenta de la responsabilidad con el otro, como «rostro», como humano, no como sujeto categorizado. Y tenemos que aprender a mirarnos así, más allá de género, el color, la procedencia, los recursos o las capacidades.

Sin duda, un mundo, en el que nos miremos como personas, más allá de las categorías y, entendamos que somos seres relacionales tiene muchas más posibilidades de ser humano. Un mundo en el que la actitud de cuidar gane a la actitud de dominación. Aunque el cuidado no tiene género, las mujeres históricamente hemos sido “cuidadoras”, pero pensemos tal y como señalaba Zambrano, en la posibilidad de universalizar esta actitud. La ética del cuidado es eminentemente una ética de la responsabilidad, de una responsabilidad que tiene en cuenta el valor de cada persona en sí misma. La ética del cuidado es una base sobre la que construir nuestra sociedad, un cuidado compartido por hombres y mujeres en igualdad y corresponsabilidad. (Puleo, 2011).

Otra de nuestras ilustres pensadoras actuales, Adela Cortina, incide en la actitud de cuidar como una alternativa a los grandes problemas de nuestra sociedad: “…La palabra cuidar proviene del término latino, cura, y se refiere a una actitud de desvelo, solicitud, actitud, diligencia en relación con alguien o algo… un buen número de autores de nuestros días ve en la actitud de cuidar la gran alternativa al fracaso del mundo en que vivimos. Según ellos, la actitud de dominación frente a los demás y frente a la naturaleza, la obsesión por incrementar el poder tecnológico convirtiendo a todos los seres en objetos y en mercancías, es la que nos ha llevado a un mundo insoportable…” (Cortina, 2013)

El reto que tenemos por delante nos interpela a todos y cada de nosotros, el de aprender a mirarnos y a respetarnos como “personas”, como lugar común para hombres y mujeres.  Algún día, como sueña Yunus, tendremos museos de la pobreza y por qué no, museos de la discriminación por género y de todos los horrores que de ella se derivan. Museos dónde podamos aprender de los errores cometidos para no volver cometerlos jamás. Tenemos un sueño.